Sobre la falta de comunicación

Café filosófico en Capileira
Los individuos y las colectividades que viven interiormente como si pisasen una “tierra de cieno” sienten que son dominados por un funcionamiento autonomizado, maquinal, que le suplanta su Ítaca interna, su mundo interior.

Luis Sáez Rueda
¿Qué necesitamos para entendernos?

Inauguramos nuestro Café filosófico en Capileira. Para dialogar y continuar comprendiéndonos. Ahora en esta tierra bella de La Alpujarra, gracias a la colaboración de su Excmo. Ayuntamiento. El mundo contemporáneo adolece de una falta de comunicación, a pesar de abundar tantos medios. También en estos lugares más apartados –tal vez de un modo muy especial– se perciben y se sufren las patologías de nuestro tiempo. Y los participantes son muy conscientes de lo que no marcha bien en nuestra civilización occidental. Ellos y ellas ligaron, a través de su discusión, la falta de comunicación con su mundo, el mundo rural. Un mundo, que se percibe acechado de variados peligros, algunos de los cuales aquí se vincularon. Merece la pena escuchar lo que, en estos lugares únicos, tiene que decirse. Sin tomar conciencia también de sus necesidades, nada podrá salvarnos.

Pero, la palabra filosofía, ¿qué suscita en nuestra mente? ¿Qué es lo que moviliza por dentro, cuando se pronuncia? Ya que era el primer encuentro filosófico, se pregunta esto a los asistentes, y responden: filosofía es igual a vida y espíritu, pensamiento sobre la vida, la vida misma, una manera de vivir, una búsqueda interior, un cuestionamiento, un brotar del amor, una reflexión. ¿Quién podría decir que no conocían ya lo que era la filosofía, aunque no lo supieran...? Ahí estaría el problema de la Filosofía con mayúsculas, que olvida el filosofar cotidiano. Solamente se requiere, para que aflore, un poco de comprensión y escucha, facilitarlo un poco. Y esto es lo que se busca en estos encuentros filosóficos, personales y ciudadanos.

Aparecieron temáticas como la relación humana con el paisaje, la guerra, el mundo rural, la confusión sobre la identidad, pero la incomunicación humana fue la temática elegida para su análisis aquella tarde. ¿Cuál sería, hoy día, el mayor problema que presenta la comunicación humana? Quizás no fuera sólo un problema, sino un ramillete. «No hay tiempo para la escucha». No hay tiempo para casi nada y menos para atender al otro. «Las posturas son muy cerradas». El dogma está a la vuelta de la esquina en la vida social y política. «El fondo necesario para toda comunicación ha desaparecido». Sin ese fondo compartido no hay comunicación posible. Todos sus elementos (emisor, receptor, código, medio, mensaje) se producen en el vacío. Y eso antes no pasaba tanto... Por ejemplo, en estas tierras, una sábana blanca a lo lejos, era una señal que tenía un significado claro para los receptores del otro lado del barranco. «Estamos saturados de tanta información», contradictoria, falsa, muchas veces... La posverdad no nos convence. Hay verdad, no todo vale igual, no todo nos da igual... Además, «ha cambiado la intención de la comunicación», su para qué, lo que buscamos al comunicarnos. Ya no buscamos lo mismo que antes... entendernos, sino influir.

Pregunta el moderador: ¿cuál sería la base, el fondo, de tales problemas de la comunicación humana? Y lo vieron desde el mundo rural donde, todavía se aprecia más claramente el desajuste actual, por haberse mantenido más tiempo el modo de vida tradicional y darse, entonces, un mayor contraste. Una participante es tajante en su respuesta: «¡Se ha perdido la infancia!». Decir “la infancia” es decir lo propio de la infancia, ese territorio del que nunca deberíamos desarraigarnos del todo, pues significa: ausencia de temor, compartir y la búsqueda de la autonomía personal, no la “sobre-protección de ahora”. Se ha perdido el ser consecuente con la propia identidad, la claridad acerca de lo que somos. Se ha perdido la empatía... en las relaciones humanas. El nuevo turismo, desde hace unos años, destruye la esencia, la identidad, que queda envuelta en una serie de tópicos y en donde los protagonistas del medio rural se sienten perdidos. (Ciertamente, los participantes hablaban de sí mismos... sí, pero con la capacidad de distanciamiento que ofrece una reflexión serena; para lo que estábamos allí).

Las fuerzas ciegas (el capitalismo y la racionalidad que utiliza instrumentalmente los valores y la voluntad de reducirlo todo a cálculo, a algo cuantificable), de las que analiza Luis Sáez Rueda, en su libro Tierra y destino, sus efectos, están también penetrando en el mundo rural. Y lo están haciendo en lo que se ha convertido, por suerte, o quizás también, por desgracia, en su principal medio de vida, el turismo, convirtiéndolo en un producto de marketing, algo impersonal y prefabricado. Ya, ¡hasta se trae el viaje preparado de antemano, todo planificado, sin espacio para el descubrimiento! El turismo es ahora necesario, quizás, pero hay que plantearse qué turismo necesitamos. (La respuesta a esta pregunta quedó flotando en el ambiente, dispuesta a ser trabajada en otro encuentro filosófico venidero). Ellos y ellas manifestaron su preocupación por la pérdida de identidad y el precio que haría pagar el turismo mal entendido. Y esta es una cuestión que a todos, vivamos en un área rural o no, mucho nos concierne. Como se anuncia en el Manifiesto del comienzo de la Revuelta de la España Vaciada:

Sin pueblos no hay futuro, pero tampoco lo hay para las ciudades, ni para el medio ambiente tan deteriorado. El Planeta está amenazado y hay que defenderlo país por país, provincia a provincia, comarca a comarca, pueblo a pueblo.

Publicado por Antonio Sánchez
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