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Llegó desde Inglaterra a la Alpujarra en los años setenta y encontró en sus pueblos, sus gentes y sus montañas una fuente de inspiración para toda una vida. Su obra convirtió la luz y los colores del paisaje alpujarreño en algo más que una imagen: en una forma de mirar.

Cristóbal Hoare solía resumir su manera de entender la pintura en una frase: «Pinto para expresar lo que veo en las cosas». Y en Capileira encontró un lugar al que mirar durante décadas. Sus cuadros nacieron del contacto cotidiano con el paisaje, la arquitectura y la vida rural de la Alpujarra, pero no se limitaron a reproducir lo que tenía delante: buscaban transmitir la emoción que cada escena despertaba en él.

Nacido en Colchester, Inglaterra, en 1948, Hoare se formó en la Escuela de Arte de su ciudad y en la St Martin’s School of Art de Londres. Antes de dedicarse plenamente a la pintura trabajó, entre otros ámbitos, en la realización de decorados teatrales. En 1976 llegó a la Alpujarra junto a Jackie Broekman, artista ceramista estadounidense con quien más tarde se casaría. La pareja se instaló inicialmente en Bubión y, años después, Hoare se estableció en Capileira.

Su llegada coincidió con una Alpujarra muy distinta a la que hoy conocen muchos visitantes: una comarca rural, apartada y de vida austera. Hoare y Broekman se ganaron la vida durante un tiempo elaborando artículos de cuero y cerámica. La pintura fue ocupando cada vez más espacio en la vida del artista y, hacia 1990, se convirtió en el centro de su trabajo.

Un paisaje vivido, no solo contemplado

Hoare pintó los pueblos del Barranco de Poqueira, sus calles, sus casas y sus tejados; también el paisaje de montaña y las tareas y costumbres de sus habitantes. En sus lienzos, la Alpujarra aparece como un mundo cercano y concreto, pero a la vez transformado por el color, la luz y la imaginación.

El artista trabajó principalmente con óleo y acuarela; la Universidad de Granada también señala el uso de acrílico. Su interés por el color era central. «El color es un mundo en sí mismo. El color es magia, es alquimia», escribió en su página web. En una entrevista recogida por el escritor Guy Arthur Simpson, Hoare explicó que el aceite le permitía una intensidad de color difícil de sustituir y que, para él, el color podía tener más importancia que el asunto representado.

Su estilo combinó una mirada impresionista y cálida con una evolución hacia formas más abstractas. En la exposición Sueños Caleidoscópicos, organizada por el Centro de Lenguas Modernas de la Universidad de Granada en 2018, se describió esa evolución como una búsqueda de los elementos esenciales del paisaje mediante el color y la forma. El propósito, según la presentación de la muestra, era hacer visible aquello que suele quedar oculto bajo la apariencia cotidiana.

Hoare también dejó una huella menos habitual en las calles de Capileira: pintó rótulos para tiendas y restaurantes, y su manera de rotular terminó formando parte de la imagen del pueblo. Además, participó durante años en las exposiciones del grupo Colorearte, junto a artistas locales. La web dedicada a su obra recoge muestras en Vejer de la Frontera, Copenhague y Granada, además de las exposiciones celebradas con el grupo en Capileira.

La memoria de un vecino y artista

Cristóbal Hoare murió el 23 de enero de 2021, a los 72 años, según la necrológica publicada por The Guardian. El periódico destacó su forma de representar la vida rural andaluza y recordó que, además de sus cuadros, Hoare se había convertido en una figura querida en Capileira.

Su vínculo con el municipio sigue presente en la memoria cultural de la localidad. En 2024, el programa Arte en la Calle le dedicó un homenaje dentro de sus exposiciones de verano. Una manera de recordar a un pintor que hizo de la Alpujarra mucho más que un tema artístico: fue el lugar donde desarrolló su obra y construyó su vida.


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